Geinier Alvarado Guzmán
EN

Cuaderno de Campo

Crecer en Osa: de Cortés a San Isidro

12 de octubre de 2026 · Por Geinier Alvarado Guzmán

Geinier y sus hermanos de niños en Osa
Infancia en Osa, años setenta.

Nací en 1972 en Cortés de Osa, un poco al sur de Bahía Ballena. Mis primeros años transcurrieron entre Ballena de Osa, Tinoco de Osa y Uvita, y en 1982 mi familia se estableció en San Isidro de Pérez Zeledón. Esta costa era entonces muy distinta de lo que es hoy.

Un olor, un camino, un desayuno y una señora con sombrilla

Si tuviera que elegir un olor, sería el del mar. Es penetrante y específico, y cada vez que lo percibo regreso a la playa por la que caminé con mi madre, cuando nos llevó desde Tinoco a lo que hoy es La Cusinga y entonces era la finca Ave Oro. Recuerdo los árboles de flores moradas y rosadas, los cangrejos, los colonchos (cangrejos ermitaños) y las olas. Es uno de mis recuerdos más queridos.

El camino que nunca olvidaré es el que llevaba de Uvita hasta nuestra casa. Se caminaba por la playa hasta la colonia y desde allí se subía por la cuesta del Soncho, llamada así porque en las corrientes de aire de lo alto volaban los sonchos, o zopilotes. Luego se seguía hacia Ballena y, antes de la quebrada, había que desviarse: se cruzaba por el puente de hamaca o por la propia quebrada para llegar a casa.

De la mesa, recuerdo sobre todo el desayuno. Nos despertábamos a las cuatro o cuatro y media de la mañana, con la radio de mi madre sonando desde la cocina: mariachis, en el programa Las Mañanitas Rancheras. Me levantaba a ayudarle a buscar leña y a encender el fuego, y la veía cocinar. Después llegaba el gallo pinto con natilla casera, hecha con la leche de las vacas que se habían ordeñado antes. Todo el trabajo que había detrás de ese desayuno es algo que no olvido.

Entre las personas de aquellos años, además de mi madre y mi padre, la que más recuerdo es doña Chabela, una señora que andaba siempre con su sombrilla, montada en su caballito, de quien decían que era hasta bruja. Para mí fue siempre un bonito recuerdo tenerla en nuestras vidas.

Antes de que fuera un destino

En aquellos años, a Uvita y a Osa solo se llegaba en cuatro por cuatro —de los de verdad—, porque lo que existía era un trillo. De Dominical a lo que hoy es Ojochal se avanzaba a caballo o a pie. La vida era rústica y uno conocía a todos en los pueblos. Casi todo lo que se consumía se producía o se cosechaba localmente: el mar daba el alimento, y también los frijoles, el arroz, las gallinas y la leche.

Nuestra casa familiar en Osa, sobre el mar, en los años en que crecí
Nuestra casa familiar en Osa, en aquellos años.

No existían el turismo, los hoteles, la carretera, los restaurantes ni los bancos. Pero había paz, tranquilidad y una abundancia de naturaleza. Desde nuestra casa se veía la bahía de lo que hoy es el Parque Nacional Marino Ballena, con cardúmenes de macarela, atún y sardina. Al bucear se encontraban cambutes, langostas y una enorme variedad de vida marina. Cuando decíamos “hoy almorzamos pescado”, salíamos en la lanchita, sacábamos tres o cuatro pescados en poco tiempo y el almuerzo estaba resuelto. Había más paz, más serenidad, menos gente y más naturaleza.

Lejos y de vuelta

Más adelante viví un año en Oregon con un tío, cursé la secundaria en Bolles School, en Jacksonville, Florida, y luego una licenciatura en la Universidad de Miami. Regresé a la costa sur en 2002.

De Osa me llevé a Estados Unidos la sencillez, lo salvaje y lo inocente: ser una persona abierta, que confía en la gente y tiene un corazón grande.

Al volver descubrí que Osa estaba cambiando. Había más gente y más turismo, y las prioridades ya no eran tanto la naturaleza, la conservación y la amistad. El cambio fue tan drástico que todavía me gusta recordar aquellos tiempos: caminar por Playa Uvita sin ver a nadie y recordar cómo era antes la gente y cómo era el entorno.

← Todas las notas Escribir un correo